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SERIE: SALUD Y NUTRIOLOGIA ORTOMOLECULAR

CARBOHIDRATOS

SUS REPERCUSIONES SOBRE EL ESTADO DE SALUD, LA BELLEZA Y LA ENFERMEDAD

q       COMO AFECTAN EL RITMO DE ENVEJECIMIENTO Y LA LONGEVIDAD ; LA ESTÉTICA Y   EL PESO CORPORAL; LA CONDICIÓN Y EL RENDIMIENTO FÍSICO

q       COMO PUEDEN INFLUIR SOBRE EL COMPORTAMIENTO, EL ESTADO DE ÁNIMO, LA EFICIENCIA EN EL ESTUDIO,  EL TRABAJO, LA CALIDAD DE VIDA Y LA TOMA DE DECISIONES

  Por: Lic. Nut. Miguel Leopoldo Alvarado Saldaña


Prefacio

Bruscas y continuas elevaciones y caídas de glucosa en la sangre alteran la producción y aprovechamiento de energía proveniente de los alimentos perturbando drásticamente la salud y la vida de millones de personas en todo el mundo.

Los desordenes en los niveles de glucosa sanguínea producidos por la alimentación moderna se traducen en una amplia variedad de manifestaciones y síntomas psíquicos y físicos tales como distintos tipos de hipoglucemia, exceso de peso, obesidad y predisposición a todo tipo de enfermedades, principalmente diabetes y cardiopatías. Este fenómeno de intolerancia a los carbohidratos también conocido como síndrome de inadaptación a los carbohidratos refinados, deteriora drásticamente la estética corporal, trastorna severamente el estado de ánimo y el comportamiento de niños, adultos y ancianos lo que degrada todos los aspectos de su calidad de vida.

Casi todas nuestras células son capaces de producir energía a partir de grasas, aminoácidos y carbohidratos indistintamente, sin embargo, la investigación nutriológica ha confirmado que el organismo humano solo puede lograr una máxima eficiencia metabólica cuando los volúmenes de glucosa en la sangre se mantienen en cifras cercanas a 90 miligramos por decilitro de sangre.

Mantener niveles óptimos de glucosa en la sangre, es un requisito indispensable para alcanzar la eficiencia metabólica necesaria para sentir, percibir, razonar y actuar desempeñando al máximo toda nuestra potencialidad humana.

Podría pensarse que es muy sencillo mantener volúmenes óptimos de glucosa en la sangre dado el avanzado estado de conocimientos al respecto, pero, los distintos procedimientos dietéticos y nutricionales para lograrlo resultan sumamente controversiales, contradictorios y confusos para la mayoría de las personas e incluso para muchos profesionales de la salud.

La dificultad para mantener la glucosa sanguínea en un nivel óptimo radica en que su equilibrio depende de un delicado y complicado conjunto de mecanismos y sustancias reguladoras y contrareguladoras, que con mucha facilidad pueden salirse de control por influencia de la comida produciendo disturbios químico-hormonales y un caos metabólico. Cualquier desequilibrio en las cantidades y proporciones de nutrientes contenidos en nuestros alimentos, contribuye a desequilibrar los sistemas de control de la glucosa sanguínea, haciendo sumamente complicado  retornar al equilibrio.

Sólidas evidencias científicas indican que actualmente la mayoría de la gente se encuentra sometida a desordenes en los volúmenes de glucosa de su sangre, provocados tanto por la presencia de carbohidratos refinados, como por concentraciones excesivas de cualquier tipo de carbohidratos en la dieta.

Los expertos convocados por la Asamblea Mundial de la Salud para analizar y discutir el estado de salud y nutrición de la población mundial han reconocido el daño causado por los alimentos refinados. No obstante, las recomendaciones oficiales de la mayoría de los gobiernos y de muchas autoridades en el campo de la salud y la nutrición, permanecen ajenas y en contradicción tanto con las conclusiones de los expertos de la OMS , como con los hallazgos de muchos renombrados investigadores lo que las hace sumamente cuestionables, desencadenando una de las mayores controversias en la historia de la nutriología, como lo analizaremos a través de esta serie de artículos.


Introducción

La investigación antropológica a confirmado que el hombre fue nómada, cazador y recolector durante por lo menos 40 millones de años y solo recientemente hace (hace unos diez mil años) viéndose forzado a cambios ambientales y alentado por una acelerada evolución de sus conocimientos, se estableció en comunidades estables dedicadas a la agricultura y la ganadería. Con esta decisión se incorporó nuevos productos comestibles a la dieta humana modificándola radicalmente.

La agregación de cereales, semillas, leche y sus derivados y carne de animales domesticados a la dieta humana hace unos diez mil años, fue un cambio reciente en comparación a los millones de años que los antropólogos calculan el hombre vagó como un incansable caminante recolectando vegetales y cazando animales. Esta transformación se dio, sin embargo, en pasos graduales a través de miles de años, permitiendo un proceso de adaptación, que aunque en un principio causó daño a una minoría de individuos bioquímicamente intolerantes a los nuevos alimentos, permitió que generación tras generación el organismo del ser humano fuera ajustándose biológicamente y haciéndose tolerante a la nueva situación alimentaria.

Es importante considerar que los productos comestibles de la antigüedad eran cualitativamente muy distintos a los actuales. Eran cultivados en suelos enriquecidos y fertilizados durante miles de años por una extraordinaria diversidad de huéspedes vivos incluyendo plantas, líquenes, bacterias, protozoarios, hongos y ácaros que desmenuzaban las hojas y troncos de árboles y plantas convirtiéndolos en humus y lombrices que labraban el suelo creando extensas galerías que lo ventilaban, permitían la penetración del agua y conducían a la superficie elementos de las capas profundas.

Esos suelos ricos en vida eran naturalmente ricos en nitrógeno y en una gran cantidad y variedad de nutrientes minerales y oligoelementos proporcionados por desechos de diversas especies en una perfecta armonía ecológica medioambiental. Además, eran cosechados maduros y utilizados frescos, sin procesar ni refinar por lo que eran extraordinariamente ricos en todo tipo de aminoácidos, fibras, micronutrientes incluyendo vitaminas, minerales, oligoelementos, nutrientes accesorios y fitoquímicos.

Las características y calidad nutritiva de los alimentos producidos en los primeros milenios eran radicalmente diferentes a las de los híbridos que conocemos el día de hoy. Las frutas, los vegetales, las semillas y los cereales eran muy pequeños en comparación de los actuales, su contenido de porciones comestibles ricas en carbohidratos era inferior, el de fibras aminoácidos y enzimas era muy superior.

Con el tiempo, el hombre descubrió que por selección, podía manipular y modificar las características de sus productos y por hibridación fue creando progresivamente, productos de mayor tamaño, con menos fibra, con más carbohidratos y energía  y con sabores distintos y mejorados. Pero, como ese proceso fue lento y gradual y el hombre fue adaptándose a esos cambios.

No obstante, bajo la influencia de una visión mecanicista-mercantilista del hombre y de la sociedad y de la irrupción de la revolución industrial, los campesinos y las antiguas comunidades rurales fueron empujadas por poderosos intereses y político-económicos a emigrar a las grandes ciudades y a efectuar el cambio más drástico y brutal en su estilo de vida y alimentación de todos los tiempos.

Creyendo que el hombre podría vivir y trabajar eficientemente para los nuevos patrones con solo comer carbohidratos, se inventaron los alimentos refinados ricos en energía (como panecillos y galletas de harina y azúcar blanca), pero casi exentos de todos los demás nutrientes, productos comestibles sumamente rentables para los empresarios que los producen, pues se pueden almacenar por grandes temporadas sin enranciarse ni echarse a perder y sin ser depredados por roedores, insectos y microorganismos.

¡Maravillosa creación de la Revolución Industrial ! Alimentos artificiales, ricos en energía, casi imperecederos, sumamente baratos, fáciles de transportar y distribuir a todas las poblaciones para que el campesino y el trabajador visto como una máquina, obtengan suficiente combustible y trabaje eficientemente en las nuevas urbes y plantas manufactureras.

Pero, a partir del siglo XVIII se inició una epidemia de enfermedades hasta entonces casi desconocidas por el hombre: beriberi, pelagra, escorbuto, raquitismo, anemia perniciosa. Después de creer durante mucho tiempo, que estas eran enfermedades infecciosas y ante el avance de la naciente ciencia de la nutrición impulsada por intrépidos investigadores, se descubrió que su origen radicaba en la insuficiencia o carencia de ciertas moléculas orgánicas presentes en los alimentos naturales y ausentes en los alimentos artificiales. A las sustancias recién descubiertas se les denominó genéricamente nutrientes y luego se les fue identificando y nombrando a cada una en lo particular. Surgió así la nutriología moderna y la era de las vitaminas. A los trastornos producidos por la ausencia de estas, se les denominaron enfermedades carenciales.

A partir de entonces (estamos hablando de finales del siglo XIX y principios del siglo XX), la nutriológica se escindió definitivamente de la ciencia médica, acto seguido, se conformaron dos distintas corrientes dentro del campo de la investigación nutriológica. Una que postulaba la necesidad de una alimentación compuesta por alimentos naturales y sin refinar para conservar la salud y otra que defendía y respaldaba el consumo de alimentos refinados.

Los organismos internacionales y los ministerios nacionales de sanidad, así como las asociaciones y los colegios oficiales de médicos y de dietistas influidos por los lobbies de las industrias químico-farmacéuticas, agro-alimentarias y procesadoras de alimentos, optaron por adoptar la segunda postura: Respaldar la producción y consumo masivo de alimentos industrializados y refinados. Se determinó “enriquecer” los alimentos refinados con los nutrientes responsables de las enfermedades carenciales en cantidades mínimas necesarias para prevenirlas.

Sin embargo, esta decisión, tuvo un impacto brutal sobre el estado de salud y la calidad de vida del hombre, produciendo una amplia gama de respuestas de inadaptación con una extensa escala de manifestaciones y distintos síntomas de intolerancia, iniciando la más desastrosa pandemia de enfermedades sufridas por el hombre en toda su existencia, como vamos ver en este trabajo.

Ya comentamos en artículos anteriores como valerosos y brillantes investigadores se dieron cuenta desde inicios del siglo XX de los problemas de intolerancia e inadaptación que estaban causando los alimentos industrializados y de los graves problemas de salud que estos causarían al hombre y a los animales alimentados con productos industrializados.

Entre ellos cabe recordar y destacar los estudios de investigación epidemiológica realizados por T. L. Clave, McCarrison, Weston A. Price, Denis Parsons Burkitt y Hugh Carey Trowell, los estudios sobre individualidad bioquímica y sobre algunas vitaminas realizados por Roger Williams, los estudios sobre psiquiatría ortomolecular realizados por Humphrey Osmond, Abraham Hoffer y Morton Walker, las investigaciones sobre cáncer, cardiopatías y vitamina C realizados por Linus Pauling, Ewan Cameron, y Matthias Rath, los estudios realizados con animales de Francis M. Pottenger, Jr., McCarrison y Werner Kollath, los estudios y excelentes ensayos sobre ácidos grasos esenciales de Catherine Kousmine y Johanna Budwig, las excelentes obras maestras de Adelle Davis entre muchos otros.

Debate global sobre los carbohidratos

Es así como a principios del siglo XX se inició una discusión entre las dos corrientes mencionadas a escala global sobre la recomendación de nutrientes y sus repercusiones sobre la salud. Debate que se ha extendido durante décadas hasta nuestros días, centrándose sobre algunos puntos álgidos y críticos de la relación entre la alimentación y la salud humana. El tipo, cantidad y proporción de carbohidratos en la dieta y su impacto sobre la salud y la calidad de vida del hombre, ha sido sin duda, uno de los puntos más candentes de esta gran polémica que sin duda ha impactado de manera importante la vida del hombre, sus sistemas sanitarios e instituciones encargadas de salvaguardar la salud de la población.

Las directrices oficiales adoptadas por los organismos internacionales y los ministerios regionales y nacionales de salud de todos los países del mundo aunque han variando a través del tiempo en cuanto a la forma de presentar sus recomendaciones, de manea uniforme a través del tiempo y en todo el mundo han sostenido que una dieta saludable debe contener un aproximadamente un 60 % de carbohidratos, un 30 a 35 % de grasas y entre 10 a 15 % de proteínas del consumo calórico total.

En los últimos años se han publicado una gran cantidad de artículos y libros sobre recomendaciones de carbohidratos, grasas y proteínas, que proponen desde una dieta extremadamente baja en carbohidratos y alta en grasas y proteínas como la del doctore Robert C. Atkins, dietas moderadas en carbohidratos y grasas como las de los doctores Roy Walford, Barry Sears y Michael Montignac, hasta dietas hipocalóricas pero elevadas en carbohidratos (80 %) y bajas en grasas como la del doctor Pritkin.

Solamente, durante el último año en los estantes de las librerías se pueden encontrar alrededor de 100 nuevas publicaciones en las que los autores discuten las recomendaciones de carbohidratos o abordan la problemática desde un ángulo más científico. Este hecho carecería de importancia si no fuera porque varios de estos libros han sido escritos por eminentes profesionales, renombrados investigadores y autores considerados expertos en el tema, pero, que se contradicen unos a otros.

No obstante, existen disueltos en ese mar de literatura dietaria, muchos datos y evidencias científicas dignas de analizarse, tomarse en cuenta y que pueden conducir a conclusiones claras  y contundentes. De tal manera que a partir de hoy vamos a tratar este polifacético, complejo y extenso tópico de los carbohidratos, en una serie de artículos en donde abordaremos ordenadamente sus distintos elementos y facetas. 

1ª Parte: ¿De dónde proviene la energía para la vida?

La amplia diversidad de reacciones químicas y trabajo especializado que son capaces de efectuar nuestras células requieren de un suministro apropiado de energía, la cual es obtenida de los alimentos gracias a la digestión y al metabolismo intermedio.

Los nutrientes portadores de energía obtenidos por la digestión de los alimentos, son transportados hacia nuestras células donde son degradados mediante un proceso enzimático denominado catabolismo (o metabolismo intermedio). En el interior de las células, la energía de esos nutrientes es liberada, capturada y selectivamente conducida por enzimas y coenzimas en una cascada de reacciones eficientemente controladas para ser utilizada como combustible en el trabajo general y especializado de las mismas.

Mientras ser reciba de los alimentos todos los elementos nutrimentales necesarios y por medio de los procesos mencionados suficiente energía, ésta podrá ser transformada para beneficio de una persona, en sensación de bienestar, vigor físico y mental, percepciones, razonamientos, expresiones verbales, sensaciones, emociones, decisiones, trabajo muscular e intelectual. De la energía que dispongamos en un momento determinado, dependerá nuestra eficiencia metabólica y la eficacia en todo lo que pensemos, hablemos y hagamos.

Nuestras células obtienen su energía en forma directa de una molécula denominada Trifosfato de Adenosina (ATP). El ATP es construido utilizando la energía obtenida de la degradación de carbohidratos, ácidos grasos o aminoácidos a través de un proceso denominado ciclo de Krebs. Por intervenir en todas las transacciones de energía que se llevan a cabo en las células, el ATP es considerado la "moneda universal de energía”.

El ATP, se compone de una molécula de adenina, una de ribosa y tres de fósforo. Para formar el enlace que une la tercera molécula de fósforo se requiere una elevada cantidad de energía. Al romperse este enlace su energía es liberada y canalizada a través de una serie de reacciones controladas que la hacen aprovechable para el trabajo celular.

En el esquema que se presenta a continuación, se puede apreciar la estructura de la molécula de ATP con su adenina, su ribosa y sus tres fósforos:

En la mayoría de las reacciones celulares, el ATP es degradado a Difosfato de Adenosina (ADP) rompiéndose su enlace de alta energía, dejando libre una molécula de fósforo, que normalmente se reincorpora a otra molécula mediante un proceso denominado fosforilación. La degradación (o hidrólisis) del ATP se puede apreciar en la gráfica de la izquierda. El Sistema ATP-ADP es el mecanismo universal de intercambio de energía en las células. Es así como el ATP puede considerarse la fuente de energía de la vida.

Ahora bien, como comentamos párrafos atrás, las células utilizan la energía potencial contenida en los macronutrientes para sintetizar el ATP, a través del Ciclo de Krebs. Casi todas las células humanas (a excepción de las neuronas que solo son capaces de usar glucosa y ácido l-glutámico), pueden aprovechar la energía contenida en los ácidos grasos, los aminoácidos o los carbohidratos indistintamente para formar su ATP.

Las neuronas requieren de un suministro constante de glucosa como fuente de energía para elaborar su ATP, por lo que mantener una concentración óptima de glucosa en la sangre, es un requisito indispensable para el buen funcionamiento del sistema nervioso central y del cerebro. El primer órgano que sufre, se desafina, se deteriora y se ve severamente afectado si los niveles de glucosa son bajos en la sangre, es el cerebro.

No obstante, que casi todas las células son capaces de producir energía a partir de grasas, aminoácidos y carbohidratos indistintamente, la investigación nutriológica ha corroborado que el organismo entero solo puede funcionar con una máxima eficiencia metabólica cuando los volúmenes de glucosa en la sangre se mantienen en cifras alrededor de los 90 miligramos por decilitro de sangre.

Volveremos a abordar este punto y lo explicaremos extensamente, en el capítulo destinado a la hipoglucemia.

Qué son los carbohidratos

Existe una amplia variedad de sustancias orgánicas clasificables como carbohidratos, pero solo tres clases son de importancia dietética, que habitualmente ingerimos con los alimentos.

Monosacáridos como la glucosa, la fructosa y la galactosa.

Disacáridos (moléculas formadas por dos monosacáridos) como la sacarosa mejor conocida como azúcar de mesa (glucosa + fructosa), la lactosa considerada el azúcar de la leche (glucosa + galactosa) y la maltosa conocida como azúcar de los cereales y la cerveza (glucosa + glucosa).

Polisacáridos, son cadenas de gran longitud de cientos de moléculas de glucosa. Existen dos tipos: los almidones y las fibras o celulosa. Los almidones son convertidos por acción de la digestión a moléculas simples de glucosa, absorbidos y vertidos inmediatamente al torrente sanguíneo. El cuerpo humano no puede digerir las fibras, por lo que la utilidad de estas consiste principalmente en proporcionar volumen al bolo intestinal contribuyendo así a la digestión y ahora se sabe que una leve proporción de fibra puede ser fermentada por las bacterias intestinales y producir ácidos grasos de cadena corta que sirven de combustibles a los enterocitos.

Todos estos distintos carbohidratos son degradados a sus elementos más simples por acción de la digestión: glucosa, fructosa y galactosa, pero solo la glucosa puede ser enviada a la sangre para ser conducida a las células. La fructosa debe ser transformada por complicadas vías metabólicas a glucosa para poder ser vertida en la sangre, proceso que se lleva a cabo lentamente. El cuerpo humano no posee la capacidad de utilizar la galactosa, por lo que esta es fermentada por las bacterias intestinales y parte eliminada con las heces fecales.

Existen carbohidratos que cumplen otras funciones distintas a las de producir energía o formar parte del bolo intestinal. Cumplen con funciones estructurales principalmente del material genético y de las articulaciones. Sin embargo, este es un tema que será tratado en otro tipo de artículos.

En este punto, debe quedar claro que como el único carbohidrato que el cuerpo humano es capaz de convertir en energía es la glucosa, todos los distintos tipos de carbohidratos que comemos, deberán de convertirse sea por medio de la digestión o del metabolismo, en glucosa. Ningún otro tipo de carbohidrato distinto a la glucosa, puede ser utilizado para convertirse en energía.

Recapitulando, los distintos tipos de carbohidratos son degradados por el proceso de la digestión a su forma más simple: glucosa, fructosa, galactosa. La glucosa pasa directamente a la sangre para ser distribuida a todo el organismo. La fructosa deberá ser transportada por la vena porta al hígado, para ser convertida en glucógeno o en glucosa para luego pasar a la sangre. La galactosa es expulsada en las heces fecales ya que el cuerpo humano no tiene la capacidad de aprovecharla. De manera que todos los carbohidratos deberán ser transformados por la digestión y el metabolismo en glucosa para el organismo pueda obtener de ellos energía. La glucosa es vertida al torrente sanguíneo para ser distribuida a todos los tejidos y conducida al interior de las células por la hormona insulina, la cual se encarga, además de transportar la glucosa a las células, de regular su volumen en la sangre para que esta permanezca en niveles óptimos.

Antecedentes históricos: El mantenimiento de niveles óptimos de glucosa en la sangre, es fuente de energía, salud y bienestar

Como vimos anteriormente, si bien casi todos los tejidos del cuerpo humano pueden utilizar otros sustratos distintos a la glucosa, como los ácidos grasos y aminoácidos para producir energía, las neuronas solamente pueden obtener energía de la glucosa y del aminoácido l-glutamina. En consecuencia, si después del desayuno y por espacio de unas dos horas el volumen de glucosa en la sangre cae por debajo del nivel óptimo, se puede trastornar severamente el funcionamiento cerebral y echar a perder en todos sentidos el resto del día.

La forma en que habremos de sentirnos durante todo el día, en que podremos afrontar y resolver las situaciones, retos y desafíos que se nos presentan día a día, será determinada por el tipo de alimentos que comamos por la mañana en el desayuno. La cantidad de azúcar que fluirá en la sangre determinará nuestra forma de pensar, actuar y sentir. En consecuencia, la eficiencia o ineficiencia física y mental durante todo un día, dependerá de nuestro desayuno.

La eficiencia en nuestras relaciones interpersonales, el estudio, trabajo y decisiones en general, será influida por la cantidad de glucosa disponible en la sangre durante el día, la cual será a su vez determinada fundamentalmente por lo que desayunemos.

Puede producirse ineficiencia por ingerir pocos alimentos, por comer exceso de algún macronutrietne o bien por un desayuno desequilibrado en nutrientes.

El desayuno establece lo dispuesto que habrá de estar nuestro cuerpo y en especial nuestro cerebro, para producir energía en el curso de la jornada diaria, o dicho de otra forma, el desayuno determina la cantidad de glucosa que fluirá en la sangre el resto del día. A este fenómeno se le denomina respuesta glucémica a los alimentos.

Respuesta glucémica a los alimentos en personas sanas

En una persona sana y en condiciones normales la energía se produce mediante la combustión (oxidación) exclusivamente de glucosa tratándose del cerebro y del sistema nervioso central, o de glucosa, ácidos grasos o aminoácidos en todos los demás tejidos u órganos del cuerpo. Para una óptima producción de energía es requisito indispensable que los volúmenes de glucosa en el plasma sanguíneo se mantengan dentro de un rango cuyos parámetros de optimización pueden variar entre las distintas personas. Sólo cuando el plasma sanguíneo contiene un volumen adecuado de glucosa, óptimo para cada persona en lo individual, es cuando todas las células pueden tomar la cantidad adecuada para una producción óptima de energía. El volumen de glucosa mantenido en la sangre dentro de un rango preciso, determina la disponibilidad de energía para cada célula.

Reveladoras evaluaciones clínicas realizadas en personas sanas

En 1949 en su circular 827, el Departamento de Agricultura y Ganadería de los Estados Unidos publicó con el título “The Breakfast Meal in Relation to Blood Sugar Values”, el resultado de miles de evaluaciones y análisis de sangre realizados por Orent Keiles, L. F Hallman y Col para verificar en personas sanas lo que ocurre al variar el volumen de glucosa en la sangre en respuesta al ayuno y a la ingestión de distintos alimentos.

Quedó demostrado con estos estudios que en toda persona sana después de doce horas de ayuno el volumen de glucosa en la sangre oscila entre 80 a 120 miligramos por centímetro cúbico de sangre, manteniéndose un promedio constante de 90. También se comprobó que esta cifra conocida como azúcar de la sangre en ayunas, depende de la clase de alimentos consumidos en la comida anterior. [1]

Esos mismos estudios corroboraron que cuando el volumen de glucosa se mantiene en un rango de entre 90 y 95 miligramos por centímetro cúbico de sangre se llega a una máxima eficiencia metabólica, situación en la cual la energía es producida con suma facilidad y que con una relación directamente proporcional cuando este volumen baja, se inicia un progresivo declive en la eficiencia del metabolismo energético y aparece el cansancio.

Si el volumen de glucosa continúa disminuyendo y cae por debajo de 70 miligramos, se produce apetito y el cansancio se va tornando en fatiga. Si el volumen de glucosa cae a 65 miligramos se produce por lo general deseo de comer golosinas, pan o cualquier alimento dulce y el apetito es acompañado por “gruñidos” de los intestinos.

De continuar la caída en el volumen de glucosa sanguínea, la fatiga se convierte en agotamiento o desfallecimiento. A partir de un nivel de 65 miligramos hacia abajo, se producen jaquecas, neuralgias, debilidad y mareo; en algunas personas se pueden producir palpitaciones o arritmias cardiacas, desfallecimiento súbito de las piernas, nausea e incluso vómito.

Como las células del sistema nervioso central y del cerebro no pueden producir la energía necesaria más que a partir de la glucosa, cuando el volumen de glucosa sanguíneo llega a este punto, el pensar se hace más lento y confuso, se pierde la capacidad de concentración mental, y los nervios entran en estado de tensión.

La persona que sufre una caída súbita o pronunciada de glucosa en la sangre se torna cada vez más irritable, quisquillosa, de mal humor, sin disposición alguna para cooperar con nadie. Si el abastecimiento de glucosa cae por debajo de los 60 miligramos puede producirse un estado de inconsciencia y desmayos.[2] Hasta cuando el volumen de glucosa en el plasma sanguíneo disminuye solo ligeramente las funciones intelectuales, el sentido de alerta, la capacidad de concentración, la memoria y la capacidad para resolver problemas decrece notablemente, el pensamiento se hace confuso y se inicia un estado de tensión nerviosa.

Por otra parte, si la ingestión de alimentos es suficiente y proporcionada en nutrientes para que la glucosa suba a un nivel ligeramente superior al del ayuno, se eleva a un nivel máximo la eficiencia metabólica y la energía será fácil de producir para todos los tejidos y órganos del cuerpo; se inicia un estado de eficiencia metabólica con una grata sensación de bienestar, buen humor, jovialidad; se siente uno “lleno de empuje”, el pensamiento es claro y veloz; desaparecen los deseos de comer; las golosinas resultan poco apetitosas. El estado de ánimo llega a su mejor punto, la actitud es graciosa, animada y dispuesta a la colaboración. Se llega a un nivel de agrado y gusto por vivir. [3]

A partir de entonces se hicieron muchos estudios para evaluar los factores dietarios que incluyen y determinan los volúmenes de glucosa en la sangre.

En uno de estos estudios 200 voluntarios sanos consumieron distintos tipos de desayuno. Se determinó la glucosa de la sangre de cada persona antes de la comida y después hora tras hora hasta transcurridas tres horas. Enseguida de consumir solamente café negro disminuyó la glucosa de la sangre y los voluntarios experimentaron cansancio, irritabilidad, nerviosismo, hambre, fatiga, agotamiento y jaquecas; los síntomas fueron empeorando a medida que transcurría la mañana.

Dos piezas de pan dulce y café con azúcar y crema hicieron elevar bruscamente el volumen de glucosa en la sangre y el cabo de una hora su nivel descendió también brusca y severamente, dando también como resultado ineficiencia y fatiga.

Posteriormente se eligió un “típico desayuno americano” (el mismo que acostumbran habitualmente millones de norteamericanos y personas en todo el mundo): un vaso de jugo de naranja, dos rebanadas de tocino, pan tostado, compota (fruta cocida con agua y azúcar), café con crema y azúcar. Igual que en el experimento anterior, la glucosa subió velozmente a elevados niveles en el plasma sanguíneo, sin embrago, al cabo de una hora había descendido muy por debajo de su nivel de ayuno y permaneció por debajo de lo normal hasta la hora del almuerzo (de la comida para los mexicanos).

El siguiente desayuno evaluado fue igual al anterior excepto que se le añadió un cereal preparado. En este experimento, la glucosa se elevó rápidamente a niveles de hiperglicemia para luego caer por debajo de los niveles de ayuno y mantenerse así durante toda la mañana.

Otro desayuno más que se evaluó, consistió en el mismo “típico desayuno americano” más una ración de avena servida con azúcar. En este experimento le glucosa sanguínea subió rápidamente produciendo una hiperglucemia temporal, para luego bajar más rápidamente y a niveles inferiores de todos los desayunos evaluados anteriormente.

A continuación se proporcionó una variación del primer desayuno evaluado al que se agregó 225 gramos ( 8 onzas ) de leche descremada en polvo. En este experimento el volumen de glucosa en la sangre se elevó por encima del nivel normal y permaneció en unos 120 miligramos,  aproximadamente, durante toda la mañana; por lo general, las personas sujetas a este estudio experimentaron una sensación aceptable de bienestar.

En la siguiente evaluación en lugar de leche enriquecida se sirvieron dos huevos. También en este caso se mantuvo un elevado nivel de eficiencia metabólica.

El último desayuno evaluado consistió en una variación del primer desayuno al que se le agregó huevos, leche enriquecida, pan tostado o compota y como resultado, la eficiencia metabólica se elevó aun más.

Estos hombres de ciencia estudiaron ulteriormente los efectos que distintos desayunos surtían en el bienestar de voluntarios en el curso de la tarde.

A los voluntarios a quienes se proporcionó los distintos tipos de desayuno mencionados, se les dio enseguida por almuerzo: un emparedado de queso crema con pan de trigo integral. Se midió el volumen de glucosa sanguínea a intervalos de una hora. En todos los casos el volumen de glucosa aumentó poro después del almuerzo. Sin embargo, en las personas a quienes el desayuno provocó que la glucosa en la sangre permaneciera baja durante la mañana, la elevación de glucosa después del almuerzo con su consecuente eficiencia metabólica duró solo por espacio de unos pocos minutos, para luego caer a un nivel inferior a lo normal, el cual se mantuvo por el resto de la tarde.

En cambio en las personas a quienes como desayuno se proporcionó huevos y/o leche enriquecida y mantuvieron durante toda la tarde un volumen de glucosa posprandial suficiente para conservar una máxima eficiencia metabólica que los hizo elevar su nivel de animación y de eficiencia en sus labores cotidianas.

Esos experimentos demostraron que la elección de alimentos, especialmente en el desayuno desencadena reacciones químico-hormonales que determinarán el resto del día nuestra manera de sentir, pensar y actuar, influyendo en el grado de vigor, sensación de bienestar y eficiencia en todas nuestras actividades, o bien, producir fatiga, malestar general e ineficiencia en nuestras actividades.[4]

El doctor Thorn de la Universidad de Harvard[5] y sus colaboradores hicieron estudios similares analizando los volúmenes de glucosa en la sangre por espacio de seis horas después de la ingestión de comidas ricas en carbohidratos (azúcar, harinas), grasas y proteínas

Un desayuno con alto contenido de hidratos de carbono que consistió en jugo de naranja, tocino, pan blanco tostado, compota, cereal preparado y café, estos dos últimos alimentos, con leche y azúcar, llevó rápidamente a elevados volúmenes de glucosa en la sangre por un breve periodo de tiempo, para luego caer a niveles extremadamente bajos, produciendo fatiga e ineficiencia.

Un desayuno con alto contenido de grasas consistió en un cereal preparado acompañado solamente de crema batida, después del cual la glucosa sanguínea aumentó ligeramente, manteniéndose dentro de rangos normales durante el resto de la mañana.

Un desayuno con alto contenido de proteínas que consintió en leche descremada, carne magra molida de res y requesón (queso cottage), hizo que le glucosa en la sangre aumentara lentamente para llegar a un pico máximo de 120 miligramos, permaneciendo sin variación las seis horas siguientes.

Para determinar los efectos causados por la ingesta de distintos tipos de alimentos en la producción de energía, se hicieron pruebas de metabolismo energético y se tabularon sus resultados a intervalos frecuentes. El metabolismo energético, o producción de energía, aumentó sólo ligeramente después de la ingesta de alimentos tanto con alto contenido de hidratos de carbono, como de grasa. Sin embargo, después de la comida con alto contenido de proteínas, el metabolismo subió más aprisa que le glucosa de la sangre y permaneció elevado durante todo el periodo de las seis horas del estudio.

En aquélla época (1943) se realizó varios estudios similares en muchas universidades de Estados Unidos. En todos esos estudios, los resultados fueron consistentemente los mismos: el bienestar y el nivel de eficiencia durante las horas siguientes a las comidas dependen fundamentalmente de la cantidad de proteínas ingeridas en relación con los carbohidratos y grasas; las comidas que produjeron un verdadero gusto por la vida contenían una cantidad elevada de proteínas junto a una cantidad limitada-moderada de hidratos de carbono y grasas. Estos resultados evidenciaron que solamente cuando se combina una cantidad apropiada (alta) de proteínas con una cantidad apropiada (moderada) de carbohidratos y grasas, los procesos digestivos se llevan a cabo en forma lenta y gradual, permitiendo que la glucosa vaya siendo absorbida y vertida paulatinamente en la sangre en volúmenes moderados sin causar desordenes, lo que permite una máxima eficiencia metabólica y que la disponibilidad de energía se mantenga en un nivel elevado por espacio de muchas horas.

Durante las últimas décadas, las fuentes comestibles de azúcares, harinas y aceites industrializados (y por lo tanto refinados) han sido muy baratas y abundantes y las proteínas caras y escasas, por lo que se ha acostumbrado incorporarlos a la “típica dieta moderna”. Es así como El “típico desayuno americano” consistente en jugos de frutas procesadas, cereales industrializados, hotcakes, waffles, pastelillos, biscochos, pan blanco tostado, mermelada, jalea, compota y café con azúcar. Todos estos alimentos finalmente se transformarán por los procesos digestivos y metabólicos y se verterán en la sangre en forma de glucosa. En cuestión de minutos el volumen de glucosa sanguínea puede aumentar bruscamente a niveles superiores de 155 miligramos por centímetro cúbico. Como este volumen resulta altamente nocivo para el organismo el páncreas se ve forzado a trabajar arduamente en elaborar y secretar insulina a fin de disminuir la glucosa en la sangre.

Un elevado nivel de insulina en respuesta a la hiperglicemia posprandial funciona como un mecanismo de seguridad para retirar el exceso de glucosa de la sangre. Los elevados niveles de insulina funcionan también como una señal para que en el hígado y los músculos la glucosa sea transformada primero en glucógeno (almidón animal) y para que una vez saturada la capacidad de almacenarlo, la glucosa sobrante se convierta en grasa, impidiendo con ello que la glucosa se pierda en la orina.

A medida que prosigue la digestión de una comida con alto contenido de carbohidratos, la glucosa continuará vertiéndose en la sangre y demandando al páncreas más insulina. El páncreas sobre-estimulado obedecerá eficientemente secretando enormes cantidades de insulina. Finalmente terminando la digestión, habrá sido retirada de la sangre una enorme cantidad de glucosa y esta convertida en glucógeno y/o grasa. Pero, ese proceso dejará un déficit de glucosa en la sangre, la que se mantendrá en volúmenes muy inferiores a lo normal, produciendo ineficiencia, depresión y fatiga.

La paradoja del azúcar

Cuantos más hidratos de carbono sean ingeridos, tanto mayor será el exceso de insulina y, paradójicamente, menores los volúmenes de glucosa disponibles en la sangre para producir energía. A este fenómeno se le conoce como “paradoja del azúcar” o como hipoglucemia reactiva (El siguiente artículo estará destinado a abordar a profundidad el tópico de la hipoglucemia reactiva).

Por ejemplo, en los estudios que hemos mencionado, la mayor cantidad de azúcar fue liberada durante la digestión del desayuno que incluía harina de avena.

Cuando a diario se consumen comidas con elevado contenido de carbohidratos, el páncreas se torna excesivamente eficiente, hipersensible o fácil de disparar, lo cual hace que con demasiada facilidad y velocidad se secreten excesivas cantidades de insulina. Las personas que acostumbran a consumir elevadas cantidades de carbohidratos y que convierten a su páncreas en excesivamente sensible a los mismos, se producen a menudo a sí mismos un choque insulínico similar al observado en pacientes diabéticos después de haberse administrado un exceso de insulina. Esto lo observaron y lo confirmaron especialistas en diabetes que identificaron síntomas de choque insulínico entre sus pacientes no diabéticos.[6], [7]

Puesto que la dieta moderna consiste en su mayor parte en hidratos de carbono, probablemente el choque insulínico autoinducido por la dieta, sea mucho más frecuente de lo que se acepta y se cree. Puede producirse un síndrome similar al del choque insulínico mediante cualquier factor que haga caer la glucosa sanguínea por debajo de lo normal, como ejecutar ejercicio intenso y prolongado sin haber consumido alimento alguno.

Las células no pueden conservar más que una pequeña cantidad de glucosa almacenada como glucógeno (alrededor de 400 gramos en toda la musculatura y de 200 gramos en el hígado, en un hombre promedio de 70 kilogramos de peso corporal), cualquier cantidad sobrante será transformada en grasa. Después de terminada la digestión, la única fuente de glucosa, es empero, el glucógeno almacenado, que vuelve a descomponerse en glucosa, azúcar que se consume muy aprisa, en especial si se hacen intensos esfuerzos físicos o mentales o si se encuentra uno sometido a una elevada carga de estrés. En este punto de agotamiento de las reservas de glucógeno, la mayoría de las células pueden utilizar grasa (ácidos grasos) para obtener energía. Aun cuando la combustión de la grasa puede ser un recurso útil para varios tejidos y órganos del cuerpo en un momento dado, su combustión se considera ineficiente porque dejan como residuo escorias o cenizas en forma de acetona y ácidos que en exceso pueden resultar perjudiciales, por lo que el nivel de energía decrece, mientras los ácidos entorpecen en metabolismo.

Sin embargo, las células del cerebro y el sistema nervioso, como ya comentamos, tienen forzosamente que contar con glucosa para mantenerse activas y con vida. La corteza suprarrenal secreta entonces cortisona que si bien aumenta los volúmenes de glucosa sanguínea, lo hace a expensas de destruir células para utilizar sus proteínas en la producción de glucosa mediante un proceso denominado gluconeogénesis y restablecer así los niveles de azúcar en la sangre.

De esta manera los malos hábitos dietarios obligan al sistema nervioso central y al cerebro a convertirse en parásitos que viven a expensas de otros tejidos del cuerpo a los cuales van degradando lenta y progresivamente. Si se permite que esta destrucción ocurra a menudo con el tiempo se irá notando al mirarse en el espejo especialmente en forma de bolsas alrededor de los ojos, tejido fláccido y fofo en el resto del cuerpo, celulitis y estrías.

Por otra parte, cuando el desayuno suministra una cantidad y proporción adecuada de proteínas, carbohidratos y grasas, la digestión se realizará a una velocidad lenta, de manera que la glucosa se irá filtrando a la sangre en cantidades moderadas produciendo una aportación continua durante varias horas. En consecuencia, el páncreas no será sobre-estimulado y la secreción de insulina se realizará en pequeñas y dosificadas cantidades. La glucosa sanguínea se mantendrá en rangos razonables puesto que no habrá un exceso de insulina que la saque de la sangre y la conduzca a las células con exageración. El almacenamiento de glucógeno se realizará normal y progresivamente y la glucosa dejará de canalizarse a la formación de grasa. La energía impulsará al cuerpo a la actividad; se producirá calor en la medida en que se requiera, o bien el sistema de enfriamiento funcionará con igual eficiencia si el clima es caluroso.

COMO INFLUYE  EL CONSUMO DE PROTEÍNAS EN EL VOLUMEN DE GLUCOSA SANGUÍNEA

Las proteínas procedentes de los alimentos se cuantifican en gramos. Por ejemplo: un huevo proporciona 6 gramos de proteínas; un litro de leche entera proporciona 32 gramos de proteínas. En los estudios que hemos mencionado hasta ahora, se consiguió llegar a un elevado nivel de eficiencia metabólica durante las tres horas siguientes a las comidas, cuando se consumieron 22 gramos o más de proteínas. Sin embargo, el menú que proporcionó 55 gramos de proteínas produjo el nivel más elevado de energía y eficiencia metabólica durante hasta 6 horas después de la comida. Al parecer solo esta cantidad de proteínas ingeridas en cualquier comida, es capaz de producir eficiencia metabólica y sostenerla durante un tiempo considerable.

Los almuerzos y comidas también deben aportar un alto contenido proteico en combinación con algo de grasas e hidratos de carbono si se desea que el bienestar, la energía y la eficiencia metabólica se sostengan durante horas después de las comidas.[8]

Si examinamos y comparamos ahora con ojo crítico las directrices oficiales que recomiendan comer elevadas cantidades de carbohidratos ( 60 a 70 %), poca grasa y poca proteína y los menús que caracterizan a la “típica dieta occidental” derivados de dichas recomendaciones, con las enseñanzas de los estudios realizados entre las décadas de los 30s y los 50s que mencionamos, veremos como la insensatez se elevó a categoría de arte en la dietética moderna durante la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del siglo XXI. Desde luego de un arte falso y nocivo.

Aunque actualmente se realiza un esfuerzo propagandístico por responsabilizar a la proliferación de negocios de comida rápida de la epidémica consecuencia de la intolerancia a los carbohidratos, la realidad es que el problema empieza desde que el ama de casa selecciona en la tienda o el supermercado los alimentos que le han repetido una y mil veces que son saludables: pan, pastas, galletas, cereales, golosinas etc.

Los desayunos consumidos lo mismo en casa, en la escuela, en el restaurante o en el centro de trabajo proporcionan casi nada de proteínas y en cambio un exceso de carbohidratos que por medio de la digestión y el metabolismo se convertirán en glucosa. En cuestión de minutos se producirá hiperglucemia, lo que a su vez estimulará al páncreas a secretar una gran cantidad de insulina que reducirá los volúmenes de glucosa a niveles inferiores a los del ayuno y necesarios para lograr la eficiencia metabólica.

El almuerzo suele ser un esbozo de comida con elevadas cantidades de carbohidratos y escasas proteínas. Entre comidas se atiborra la gente de dulces, galletas, botanitas, bebidas azucaradas y café o té con azúcar.  En la cena, algunas personas comen platillos con proteínas, pero otras, vuelven a atiborrarse de carbohidratos: café con leche y azúcar, panecillos, biscochos, galletas etc., lo que perpetúa el ciclo de subida y bajada de volúmenes de glucosa en la sangre, acumulando fatiga, ineficiencia, depresión, malestar, mal humor, hambre, grasa corporal, destrucción de tejidos corporales, destrucción de células pancreáticas y hepáticas, creando una deuda de todos los nutrientes esenciales que nunca se satisface, perdiendo luego la línea, la figura corporal y la condición física y creando las condiciones fisiopatológicas para la incubación de todo tipo de enfermedades.

Las adicciones como el café y el alcohol, disminuirán momentáneamente la fatiga, pero luego esta se hará crónica. En esas condiciones, por un hambre compulsiva, pude comerse tanta cantidad de carbohidratos o de alimentos que causen sopor. El marido puede roncar en un sillón mientras la esposa reflexiona deprimida y amargamente que su matrimonio se va a pique. Tratándose de una velada social, a menudo transcurrirá el tiempo en medio de bostezos, conversaciones aburridas y sin sentido.

En las personas que acostumbran comer una mayor cantidad de proteínas en la cena que en el desayuno y en la comida del medio día, a la hora de acostarse, habrán digerido la mayor parte de los alimentos consumidos y excretado corpúsculos de acetona, entonces, cuando llegan a desarrollar un estado de eficiencia metabólica elevado, se duermen desperdiciándola, al igual que le borracho duerme su borrachera.

“Los desayunos con alto contenido de proteínas no son nada nuevos. –comenta Adelle Davis y agrega- Cuando yo era jovencita, el desayuno en las casas de campo de Indiana consistía en: un cereal integral sin procesar caliente, carne, jamón y/o huevos, grandes empanadas de embutido o pollo frito con salsa de la región; normalmente había en la mesa un gran jarro de leche. ¿Recuerda el lector las novelas inglesas en que se describen desayunos puestos en el trinchante con pescado, carnes, huevos, cereales calientes y platos con crema? Un amigo que hace poco regresó de los países escandinavos me contaba que le sirvieron smorgasbord (entremeses) con treinta clases de pescado, quesos y carnes en el desayuno. Aunque en realidad, el desayuno no necesita ser tan abundante”.[9]

Por otra parte se ha encontrado que cuando se consume algo entre comidas los tentempiés que logran una mayor eficiencia metabólica, son los que tienen mayores cantidades de proteínas, combinadas con una moderada cantidad de grasas y carbohidratos.[10]

Llegando a este punto, quiero recalcar una vez más, insistiendo, en que los estudios y los hallazgos mencionados que mencionamos en este trabajo, datan del final de la primera mitad del siglo XX. En este momento se tenía bien claro por parte de los investigadores, de algunas asociaciones académicas como la AMA y de algunos ministerios públicos como el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos que tratándose de personas sanas:

1.      Una dieta con elevadas cantidades de carbohidratos o compuesta exclusivamente por alimentos refinados y baja en grasas y proteínas eleva momentáneamente los volúmenes de glucosa en la sangre produciendo hiperglucemia, para luego caer estrepitosamente produciendo hipoglucemia, ineficiencia metabólica, cansancio, mal humor, incapacidad para la concentración mental y trastornos en el comportamiento.

2.      Para conseguir una elevada eficiencia metabólica, acompañada de sensación de bienestar, vigor, energía, buen humor, amabilidad y simpatía  en las relaciones interpersonales, se necesita consumir para personas promedio, alimentos con aproximadamente 55 gramos de proteínas y moderadas concentraciones de grasa y carbohidratos.

Si eso se tenía claro en aquel entonces. ¿Por qué en los años posteriores se impusieron a escala mundial directrices para que la dieta contuviera elevadas concentraciones de carbohidratos, junto a bajas concentraciones de grasa y proteínas y se avaló de manera oficial el extendido consumo de alimentos industrializados excesivamente ricos en hidratos de carbono y pobres en todos los demás nutrientes?

¿Qué sucedió? ¿En unos cuantos años se modificó el metabolismo humano por un proceso de adaptación? Los expertos aseguran que no, puesto que actualmente la herencia genética que dirige el metabolismo humano es exactamente la misma de los últimos 40 millones de años, con un mínimo nivel de adaptación a una alimentación que incluye cereales naturales, frescos e integrales.

¿Entonces por qué se impuso a toda la población del mundo una dieta rica en carbohidratos refinados y baja en grasas, proteínas, fibras, ácidos grasos esenciales, todos los demás nutrientes esenciales y fitoquímicos? ¿Por qué, si se sabía desde los años 40s que ese tipo de dieta produce ineficiencia metabólica, cansancio, trastornos del carácter y el comportamiento y predispone fuertemente a una gran diversidad de enfermedades que son epidémicas en la actualidad, se avaló su generalización?

Estas interrogantes serán analizadas en los siguientes artículos.

Notas complementarias

La glucosa no es un nutriente esencial

El cuerpo humano y de todos los mamíferos, puede elaborar glucosa a partir de otros nutrientes y mantener volúmenes aceptables en la sangre para satisfacer las necesidades del cerebro y del sistema nervioso central incluso en condiciones de ayuno.

En condiciones de reposo el principal combustible del cuerpo son las grasas

A diferencia de lo que comúnmente se cree, en condiciones de reposo el principal combustible del cuerpo humano son los ácidos grasos, no la glucosa. El único órgano que depende en exclusiva de la glucosa como fuente de energía, es el cerebro, el cual requiere de un suministro constante que le es proporcionado por el hígado, a través de la sangre.

Cuando los músculos se encuentran en actividad, el organismo de los mamíferos incluyendo el hombre, puede producir energía a partir de proteínas, grasas o carbohidratos, aunque sus células tienen predilección por los hidratos de carbono como fuente de emergía para este fin.

Contenido de macronutrientes en diferentes periodos históricos y dietas

A continuación agregamos una tabla que presenta las cantidades y proporciones de macronutrientes, carbohidratos, grasas y proteínas en diferentes periodos de la historia humana y diferentes dietas, indicando sus autores, o quien la recomienda, y algunas otras observaciones importantes.

 

Tipo de Dieta

Tiempo de utilización

% Proteínas

% Carbohidratos

%

Grasas

 

Observaciones

Paleolítico

Últimos 2.5 millones de años todos los seres humanos

 

19-35

 

22-40

 

28-47

Granos, azúcar, harinas y aceites refinados  = 0. Esta dieta contiene un alto valor nutritivo en cuanto a micronutrientes.

Agricultura

Últimos

10 mil años todos los seres humanos

 

15-20

 

40-50

 

30-40

Se introducen los granos, con características distintas a las actuales.

Azúcar, harinas y aceites refinados = 0.

Siglo XX

Últimos

100 años casi todos los seres humanos

 

10-15

 

50-70

 

25-30

Se introducen el azúcar, las harinas y los aceites refinados. Crece espectacularmente el consumo de azúcar y carbohidratos.

Recomendada por los organismos oficiales

Últimos 30 años casi todos los seres humanos

 

10-15

 

60-70

 

20-30

Crece aun más el consumo de azúcar, harinas y grasas vegetales refinadas

Se recomienda reducir las grasas saturadas y aumentar los aceites y margarinas vegetales. Insisten en que no se requieren complementos alimenticios.

Dieta Pritkin

Últimos 30 años

Un reducido número de personas

 

5-10

 

80

 

10-15

Consta de solamente 1000 calorías, por lo que es una dieta hipocalórica.

Dieta Atkins

Últimos 30 años

Un reducido número de personas

Esta dieta no toma en cuenta las calorías, se puede comer la cantidad de alimentos permitidos que la persona apetezca. En su fase de inducción (1 fase) se calculo que más o menos contiene las siguientes proporciones:

Recomienda reducir o suprimir las grasas industrializadas, pero es sumamente permisiva en cuanto a grasas de origen animal. Recomienda complementos alimenticios.

49

1-2

49

Dieta de la Zona. Barry Sears

 

 

30

 

40

 

30

Dieta estudiada y valorada científica y clínicamente: Recomienda suprimir los carbohidratos (azúcar y harinas) y grasas refinadas.

Dieta Walford

Aplicada en modelos experimentales animales y en algunos pocos humanos voluntarios

 

22

 

45

 

33

Recomienda suprimir los carbohidratos (azucares y harinas) y las grasas refinadas y en general todos los alimentos industrializados. Recomienda una dieta altamente nutritiva.

Esta es una dieta restringida en calorías, pero, altamente nutritiva. Se recomienda reducir en un 40 % las calorías. En promedio tendría: 940 C .

Nuevas Guías Oficiales

A partir de octubre del 2004, es una recomendación oficial para toda la población

 

10-15

 

60

 

30-35

Se recomienda reducir el azúcar y grasas.

1 y 2  En este punto, quiero recalcar y subrayar que estos fenómenos se dieron como resultado de numerosas pruebas reconocidas y publicadas por el Departamento de Agricultura y Ganadería de los Estados Unidos en 1949 y que de manera inexplicable, el resultado de estos estudios, dados a conocer en la circular 827, fueron ignorados posteriormente por las instituciones y agencias gubernamentales de Estados Unidos. Quiero amable lector, que recuerde muy bien este hecho de suma trascendencia ya que posteriormente lo vamos a retomar y a explicar más extensamente.

[3] Nótese que no estamos realizando elucubraciones intelectuales o conclusiones a priori, sino que este fue el resultado observado por los investigadores que realizaron los estudios mencionados.

[4] Es muy importante tomar nota y recalcar nuevamente que estos experimentos se realizaron en personas sanas, no en diabéticos, ni en personas diagnosticadas como hipoglucémicos, lo cual es un significativo indicio, demostrativo de que los fenómenos observados en estos estudios, son manifestaciones de mecanismos bioquímicos hormonales normales que funcionan igual en todos los seres humanos con sus respectivas variaciones. De hecho, parece que una gran variedad de animales de diferentes especies y familias muestran reacciones similares, siendo estas entonces, una constante universal de los seres vivos.

[5] G. W. Thorn, J. T. Quinby, M. Clinton, Jr., “A Comparison of the Metabolic Effects of Metabolic Effects on Isocaloric Meals of Varying Compositions with Special Reference to the Prevention of Posprandial Hypoglycemic Symptoms” Annals of Internal Medicine, XVIII (1943), 913.

[6] E. E Abrahamson y A. W. Pezet , “Body Mind, and Sugar (Henry Holt and Co., 1951).

[7] Tómese en cuenta, insisto nuevamente, que estamos hablando de personas sanas, no diabéticas ni  diagnosticadas como hipoglucémicas.

[8] Otros estudios más indican que los volúmenes de glucosa en la sangre son inferiores durante el clima caluroso y se elevan cuando la temperatura desciende y los vientos helados aumentan el apetito.

[9] Adelle Davis. Let´s Eat Right to Keep Fit. 1a Edición 1964. Editorial Azteca, S. A. 1962.

[10] H. W. Haggard y L. A. Greenberg. Between Meal Feeding in Industry: Effects on Absenteeism and Attitude of Clerical Employees. Journal of the American Dietetic Association. XV (1939), 435.

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Última modificación: 16 de November de 2009